Entre familia, escuela y adolescencia. Cada
inicio de clases trae con él un fenómeno que ya es parte de la cultura juvenil argentina: el
UPD, o “Último Primer Día”. Para los estudiantes del último año (6to o 7mo) del secundario
no es solo una celebración; es un
ritual de cierre, de pertenencia y de identidad. Además debemos sumar rituales en los que participan
estudiantes de otros años junto a los egresados como la prebienvenida, bienvenida, presentación de remeras y camperas, que emocionan y generan expectativas en los adolescentes. Pero
los adultos, familias y escuelas vemos esta etapa
desde la preocupación, especialmente por el
temor al consumo de alcohol y al famoso “pasar de largo”, es decir ir
sin dormir a la escuela. Quienes nos encargamos de
estudiar y trabajar como profesionales del neurodesarrollo sabemos que
la adolescencia no es solo una etapa social, sino también
profundamente cerebral. El cerebro adolescente está en
plena expansión y reorganización: las áreas
emocionales y de
recompensa funcionan con gran intensidad, mientras que las
áreas prefrontales —encargadas de la
planificación, el juicio y el control de impulsos— aún están
madurando. Esto explica en parte por qué los
rituales grupales, la
necesidad de pertenecer y la
búsqueda de experiencias intensas poseen tanta relevancia en esta etapa.
¿Por qué los adolescentes necesitan el UPD? Desde una mirada neuropsicológica, este tipo de rituales cumple varias funciones:
Marca una transición simbólica hacia el cierre de la secundaria. Refuerza el sentido de pertenencia al grupo. Permite construir memoria emocional compartida. Consolida identidad y autonomía. No debemos verlo como simplemente “descontrol adolescente”, sino que se trata de
una necesidad evolutiva de celebrar los cambios y reafirmar vínculos. El desafío: celebración sin riesgos En los últimos años, el
Gobierno de la Provincia de Córdoba ha emitido
recomendaciones claras para que el UPD sea una celebración cuidada, promoviendo:
Supervisión adulta responsable. Prevención del consumo excesivo de alcohol. Respeto por el descanso previo a la jornada escolar. Coordinación entre familias y escuelas. El punto clave no es prohibir, sino acompañar. ¿Cómo acompañar desde las familias? El
rol adulto no es extremo,
no es el de celador ni el de cómplice, sino
el de guía. Algunas recomendaciones prácticas: 1. Conversar antes del evento Hablar sobre expectativas, límites y cuidados reduce significativamente las conductas de riesgo. No es un interrogatorio; es un diálogo. Y que no sea tan largo!
2. Establecer acuerdos claros Horarios, traslados seguros, presencia de adultos responsables. Los acuerdos anticipados disminuyen impulsividad.
3. Regular sin humillar y plan B Si surge una situación problemática, los adultos tenemos que haber previsto posibles contingencias. Si éstas ocurren, la intervención debe ser firme pero respetuosa, poniendo en práctica lo anticipado. La vergüenza pública no educa; el acompañamiento sí.
4. Cuidar el descanso El cerebro necesita sueño para regular emociones. Llegar a clases sin haber dormido afecta la atención, la memoria y el estado de ánimo. Tratar de negociar espacios de descanso entre celebraciones durante el fin de semana.
UPD y neurodiversidad: No todos lo pasan igual. Lo que también debemos considerar es que
no todos los adolescentes viven este ritual de la misma manera. Para jóvenes
neurodivergentes —por ejemplo, con
autismo, TDAH, ansiedad social o alta sensibilidad sensorial— el
UPD puede resultar: Sobrecargante a nivel sensorial. Socialmente demandante. Ansiógeno ante situaciones poco estructuradas. Aquí el acompañamiento requiere la famosa anticipación: Explicar previamente cómo será el evento. Ofrecer estrategias de regulación (espacios de pausa, contacto con adulto de referencia). Validar si el adolescente no desea participar o prefiere hacerlo de otro modo, tal vez a través de la preparación de una remera o en actividades de día. La inclusión también implica respetar diferentes formas de vivir los rituales. Celebrar con conciencia El
UPD no es el problema. El problema es la
ausencia de adultos presentes,
emocional y físicamente. La
adolescencia necesita
límites claros, pero también
comprensión profunda. Cuando
acompañamos desde el diálogo, la información y la regulación,no desde la
amenaza, estamos enseñando algo mucho más importante que
“cómo comportarse en una fiesta”: estamos enseñando
autocuidado, responsabilidad y construcción de identidad. El
último primer día puede ser una memoria hermosa. Depende de todos que también sea una experiencia segura.
Paola Vivaldo
Licenciada en Psicopedagogía
Especializada en neurodesarrollo
Consultorio en Los Patricios 215. Whatsapp 3385-680128. Instagram
@lic.paolavivaldo